Una investigación de la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos y del Colegio Nacional de Licenciados en Periodismo contabilizó 411 asesinatos de periodistas, familiares y trabajadores vinculados al oficio, en un documento que da cuenta de nombres y circunstancias de 1983-2026.
México arrastra una historia de violencia contra quienes ejercen el periodismo que no puede reducirse a una estadística.
Detrás de cada registro hay un nombre, una familia, una redacción, una comunidad y, en muchos casos, una investigación que quedó inconclusa.
El recuento elaborado por la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (FAPERMEX) y el Colegio Nacional de Licenciados en Periodismo (CONALIPE) reúne 411 asesinatos ocurridos entre 1983 y 2026 y busca poner rostro a una de las expresiones más graves de la violencia contra la libertad de expresión.
La base, disponible en el sitio del CONALIPE, no se limita a contabilizar a periodistas en activo.
Incluye también familiares y trabajadores relacionados con el ejercicio periodístico, de acuerdo con los criterios utilizados por las organizaciones que elaboraron el documento.
Su valor está precisamente en reconstruir, caso por caso, una historia que durante décadas se ha dispersado entre expedientes ministeriales, archivos periodísticos, denuncias de organizaciones gremiales y testimonios de familiares.
El número, 411, representa una dimensión acumulada de más de cuatro décadas de agresiones letales.
Es un recuento que comienza en 1983 y llega hasta 2026, por lo que atraviesa gobiernos de distintos partidos, transformaciones tecnológicas, cambios en la industria de los medios y diferentes estrategias de seguridad pública.
CUATRO DÉCADAS DE VIOLENCIA
El periodo documentado permite observar que el problema no pertenece exclusivamente a una administración federal ni puede explicarse por un solo momento político.
Los asesinatos registrados atraviesan diferentes etapas de la vida nacional y muestran que la violencia contra periodistas se convirtió, durante décadas, en una constante que se ha agravado especialmente en regiones donde confluyen crimen organizado, poderes locales, corrupción, conflictos políticos y debilidad institucional.
Durante los años ochenta y noventa, muchos periodistas trabajaban fundamentalmente para periódicos impresos, estaciones de radio y televisoras locales.
La información circulaba con una velocidad mucho menor que la actual, pero eso no significaba que el oficio estuviera libre de presiones.
En distintas entidades, los reporteros que cubrían seguridad, política, corrupción, conflictos agrarios o actividades de grupos criminales podían convertirse en objetivos.
Con el paso del tiempo, la expansión del narcotráfico y la consolidación de organizaciones criminales en diversas zonas del país modificaron el tipo de amenazas.
Los periodistas locales, particularmente aquellos que cubren municipios y regiones donde existe una fuerte presencia de grupos delictivos, quedaron expuestos a presiones para publicar, omitir o modificar información.
El asesinato se convirtió en la expresión extrema de un fenómeno que comienza mucho antes: llamadas de intimidación, amenazas, vigilancia, agresiones físicas, ataques contra instalaciones, campañas de hostigamiento, desplazamiento forzado y, finalmente, homicidios.
Por ello, el recuento de 411 casos no debe leerse únicamente como una lista de muertes.
También representa una parte de la historia de las condiciones en que se ha ejercido el periodismo en México.
LOS NOMBRES DETRÁS DE LA CIFRA
Uno de los principales aportes del registro es que evita que las víctimas queden reducidas a un número.
La investigación incorpora nombres y circunstancias, lo que permite recuperar la identidad de personas cuya muerte, en muchos casos, fue seguida por largos periodos de impunidad.
Cada registro plantea preguntas fundamentales: ¿qué información estaba investigando la víctima?, ¿había recibido amenazas?, ¿existía una denuncia previa?, ¿quién fue señalado como responsable?, ¿hubo detenidos?, ¿se llevó el caso ante los tribunales?, ¿se estableció un móvil relacionado con el ejercicio periodístico?
Estas preguntas son esenciales porque no todos los homicidios de periodistas necesariamente tienen como causa su actividad profesional.
Precisamente por eso, una investigación seria debe distinguir entre los asesinatos directamente relacionados con el ejercicio de la libertad de expresión y aquellos en los que existen otras líneas de investigación.
El propio alcance del recuento —que contempla periodistas, familiares y trabajadores vinculados al oficio— obliga a leer sus 411 casos con precisión.
No se trata de afirmar que las 411 víctimas fueron asesinadas exclusivamente por sus publicaciones o investigaciones.
Se trata de reconocer que forman parte de un universo de personas relacionadas con la actividad periodística que perdieron la vida en circunstancias que las organizaciones gremiales consideraron relevantes para documentar.
EL PERIODISMO LOCAL, EN EL CENTRO DEL RIESGO
Uno de los problemas más graves de la violencia contra la prensa en México es que buena parte de las agresiones ocurre lejos de los grandes centros de poder mediático.
En pequeñas ciudades y municipios, el periodista puede ser al mismo tiempo reportero, fotógrafo, editor, conductor, director de un portal y responsable de una página informativa.
Esa cercanía con las fuentes también significa proximidad con los actores políticos, empresarios, policías, autoridades municipales y grupos criminales de cada región.
En una redacción nacional, una investigación puede ser respaldada por abogados, editores y una estructura empresarial.
En muchos medios locales, el periodista que recibe una amenaza puede estar prácticamente solo.
La situación se vuelve todavía más delicada cuando la economía del medio depende de contratos publicitarios, convenios comerciales o ingresos directamente relacionados con autoridades locales.
El reportero puede quedar atrapado entre la necesidad de mantener abierta una fuente de empleo y la obligación profesional de informar.
En ese contexto, el asesinato no es el único mecanismo para silenciar.
También funciona el miedo.
IMPUNIDAD: EL OTRO COMPONENTE
El número de asesinatos adquiere una dimensión todavía más preocupante cuando se incorpora el problema de la impunidad.
Matar a un periodista no solamente significa quitarle la vida a una persona; también puede significar eliminar una investigación, intimidar a sus compañeros y enviar un mensaje al resto de la comunidad.
Cuando un crimen queda sin esclarecer, el efecto trasciende a la víctima.
La ausencia de justicia puede generar la percepción de que atacar a un periodista tiene un costo reducido.
Por eso, el problema no termina con la detención de un presunto responsable.
Una investigación completa debe establecer quién ordenó el crimen, quién lo ejecutó, cuál fue el móvil y qué redes de complicidad pudieron existir.
En los casos relacionados con el ejercicio periodístico, conocer al autor material puede ser insuficiente.
Si la agresión fue ordenada para impedir una investigación, el verdadero responsable puede encontrarse detrás de quienes realizaron el ataque.
El recuento de FAPERMEX y CONALIPE, al registrar nombres y circunstancias, aporta materia prima para esa tarea.
La lista puede ser utilizada como punto de partida para revisar expedientes y determinar qué casos han sido esclarecidos y cuáles continúan pendientes.
UNA HISTORIA QUE ATRAVIESA GOBIERNOS
El recuento que abarca de 1983 a 2026 también permite superar una explicación política demasiado sencilla.
Los 411 casos no pueden atribuirse a un solo gobierno, partido o periodo presidencial.
El registro atraviesa administraciones federales y locales de distintas filiaciones políticas.
La persistencia del fenómeno demuestra que la protección de periodistas es un problema de Estado.
Esto no significa que todas las administraciones hayan enfrentado la problemática de la misma manera.
Las políticas públicas, fiscalías, mecanismos de protección y estrategias de seguridad han cambiado.
También han variado los niveles de violencia en cada entidad.
Sin embargo, el acumulado de más de cuatro décadas revela que ninguna estrategia ha conseguido eliminar el riesgo.
La responsabilidad gubernamental tampoco termina en proteger a quienes reciben amenazas.
También implica investigar los homicidios, evitar la revictimización de las familias, garantizar acceso a la justicia y fortalecer las fiscalías que investigan delitos contra la libertad de expresión.
La existencia de mecanismos de protección puede ser necesaria, pero resulta insuficiente si los agresores permanecen impunes.
LA GEOGRAFÍA DE LOS ASESINATOS
La violencia contra periodistas no se distribuye de manera uniforme en el territorio nacional.
Existen estados y regiones donde las condiciones de inseguridad, la presencia de organizaciones criminales, los conflictos políticos y la debilidad institucional han generado un ambiente especialmente adverso para la prensa.
En las zonas donde distintos grupos disputan el control territorial, informar sobre seguridad puede convertirse en una actividad de alto riesgo.
El periodista puede recibir presiones simultáneamente de actores criminales y autoridades que buscan controlar el flujo de información.
En municipios pequeños, además, las relaciones personales hacen más difícil mantener distancia entre el reportero y los protagonistas de las noticias.
El periodista conoce a los funcionarios, empresarios y dirigentes comunitarios; ellos, a su vez, saben dónde vive, dónde trabaja y cuáles son sus rutinas.
Esa vulnerabilidad explica por qué la protección debe diseñarse considerando las condiciones específicas de cada región y no únicamente desde oficinas centrales.
FAMILIARES Y TRABAJADORES: LAS VÍCTIMAS QUE TAMBIÉN CUENTA EL REGISTRO
Un elemento que diferencia este recuento es la inclusión de familiares y trabajadores vinculados al periodismo.
Esta categoría permite observar que la violencia puede extenderse más allá de la persona que publica una información.
Cuando un ataque alcanza a familiares o colaboradores, el mensaje de intimidación puede dirigirse a toda una estructura.
La familia puede convertirse en un punto vulnerable.
Un trabajador de un medio puede quedar expuesto por acompañar a un reportero, transportar equipo, realizar labores técnicas o participar en una cobertura.
Por eso, la seguridad periodística no puede reducirse al periodista que aparece frente a un micrófono o firma una nota.
Detrás de una información existen fotógrafos, camarógrafos, choferes, editores, técnicos, diseñadores, productores y otros trabajadores.
El registro de FAPERMEX y CONALIPE incorpora esa dimensión y, al hacerlo, amplía la discusión sobre quiénes enfrentan riesgos asociados al oficio.
La investigación completa: https://conalipe.org/periodistasasesinados/