Voy a partir de reconocer lo siguiente: no soy experto en seguridad nacional. Bajo este entendido, quiero compartir algunas dudas que tengo sobre un tema que parece fácil y que aparentemente muchos podríamos estar de acuerdo, pero en realidad esconde dificultades en su simplismo: ¿deberíamos pactar con el narco para lograr la paz? Cierto, la llamada “guerra contra el narco” ha tomado millares de vidas y pocos capos grandes han caído. Sin embargo, antes de promover esta idea hay que desmenuzarla. Y aclaro: como liberal convencido de que el hombre es responsable de lo que consume, la idea no me suena mala en principio.

Se nos dice que se ha logrado en países como Estados Unidos o Rusia. Sin embargo, ambos países son consumidores, no productores ni forman parte de rutas de traslado. Además, mientras en el primer país hay instituciones sólidas que delimitan los alcances de los diversos grupos criminales y los umbrales que no deben traspasar, en el segundo las mafias forman parte de las alianzas que llevaron al poder a Putin.

Los países que son productores o ruta tienen, según entiendo, problemas muy distintos. Por ejemplo, la definición entre cárteles que compiten por mantener costos de producción bajos y ganancias de venta elevadas es cuáles serán las plazas y rutas que controlarán. Bajo este esquema, y aceptando que sería positivo que el Estado pacte con los cárteles: ¿cuál sería el confiable? ¿Es posible pactar algo estable con grupos que son antagónicos entre sí?

Por lo tanto, antes de pensar en pactar, el Estado debe ser visto como el detentador del monopolio de la fuerza pública. Aquí tenemos numerosos problemas: es fácil que los grupos criminales se infiltren en las estructuras públicas, sea como legisladores o gobernantes, y así lo hemos visto repetidas veces. Esa porosidad ha hecho que en el pasado diversas políticas de fortalecimiento a policías estatales y municipales terminen beneficiando a los narcos con quienes se han coludido estos cuerpos de seguridad. También está el problema del dinero: el flujo rastreable a través de la banca es mínimo y apenas se ha invertido en mecanismos para detección de dinero; con el peligro que hoy se usen para vigilar opositores en lugar del crimen organizado.

En resumen, aunque a todos nos gustaría tener paz, todo parece indicar que un pacto sólo traería colusión con algunos cárteles, captura de intereses externos de estructuras estatales y mayor violencia con el surgimiento de nuevas agrupaciones que compitan no solo por las plazas y rutas, sino por la interlocución privilegiada con el gobierno. Lo anterior, sin hablar del desplazamiento de productores mexicanos en mercados donde se legalicen algunas drogas, la ramificación de los grupos delincuenciales a otros delitos o incluso la aparición de nuevas drogas que desplacen a países otrora productores o de tránsito. Y reitero: me encantaría que el tema del consumo de drogas sea problema exclusivo del consumidor, así como me opongo al clima de inseguridad que vivimos.

¿Hay alguna salida? Quisiera compartir una lectura, del libro The Next 100 Years, de George Friedman, donde sostiene que México podría llegar a ser una potencia mundial a finales de este siglo. Entre los elementos sobre los que se basa, argumenta que el narcotráfico y el crimen organizado son un factor que impulsa el desarrollo de nuestro país. En este caso, hablamos de un negocio multimillonario, cuyos capitales eventualmente entrarán a negocios lícitos, asumiendo que la actividad ilícita llegue a ser menos rentable. Como ejemplo pone a la mafia estadounidense durante los años de la prohibición al alcohol.

De esa forma, en la medida que ese capital se “lave”, la pregunta relevante es en qué país tendrá lugar esta operación: en México o en Estados Unidos. Su pronóstico: en la medida que México se haga más productivo y si el gobierno puede ser corrompido para proveer protección mientras el dinero es “lavado”, entonces tendrá sentido para el narcotráfico invertir en nuestro país.

Por otra parte, señala Friedman, se tendrá un problema grave de inestabilidad mientras los grupos criminales se integran a la economía formal y el Estado puede pactar con un cartel hegemónico, pero el autor asume a nuestra economía lo suficientemente grande y a nuestra sociedad los suficientemente compleja para asimilar el proceso.

Aclaro: no tengo conocimiento especializado en el tema y tampoco me asusta necesariamente el realismo. Sin embargo, si el Estado declina en su función de proveer seguridad y certeza, podemos pasar a convertirnos en un narcoestado, donde lo grupos decidan. Estas son las dudas que deseo compartir.