La caravana de migrantes centroamericanos que se dirige a Estados Unidos es consecuencia de la violencia centroamericana (las principales ciudades hondureñas son parte de las más violentas del mundo) y la pobreza extrema. Estos factores, entre otros, impulsan a grandes masas de centroamericanos, no solo hondureños, a buscar una oportunidad en otra parte. Igual que nuestros connacionales que visualizan al norte del río Bravo algún destello de esperanza.

La diferencia es que la caravana que va en marcha hacia suelo estadunidense congrega un contingente numeroso que, al ver las imágenes televisivas, parecería tratarse de una invasión. Esa multitud, sin embargo, resulta pequeña si se compara con los centroamericanos capturados en Estados Unidos (alrededor de 42 mil) y deportados en lo que va del año. De seguir las condiciones actuales, esto es la falta de oportunidades en México y Centroamérica, esa invasión seguirá su trote, en la búsqueda de las oportunidades básicas para sobrevivir; aunque se arriesgue la vida.

El presidente Trump ha condenado la ineficacia de las autoridades mexicanas para detener la ola migratoria que, si no es detenida, pronto tocará las puertas de McAllen, Laredo, Brownsville, etcétera. En caso de suceder, la frontera sur estadunidense será cerrada bajo el mando del ejército, al que podría unírsele un grupo civil de fanáticos extremistas.

Sin embargo, Trump y sus asesores están jugando, con habilidad electoral, esta marcha de desposeídos. Se encontró el mejor pretexto para amedrentar a los estadunidenses y configurar un problema de seguridad nacional: los “malos y los terroristas” están infiltrados en la caravana. No detenerlos generaría un caos, dice Trump, como “lo ilustra el caso de Europa”. Qué mejor pretexto para influir miedo y zozobra a una ciudadanía que acudirá a las urnas la primera semana de noviembre. Qué mejor manera de beneficiarse electoralmente, cuando hace unos días Trump estaba desacreditado: los migrantes, paradójicamente, pueden resucitarlo.

No es coincidencia que, a la par, surja un terrorismo interno a unos cuantos días de la elección del 6 de noviembre. A las residencias de ex presidentes, activistas sociales y medios de comunicación, todos ellos críticos de Trump, fueron enviados artefactos explosivos, la semana pasada. El fanatismo “trumpiano” en acción. El discurso de odio sigue funcionando. Un furibundo trumpiano es el presunto terrorista: la polarización permanece.

El presidente Trump caía en una espiral descendente en cuanto a su aprobación como mandatario. La caravana de desposeídos le proveyó de oxígeno para desplegar, de nueva cuenta, sus banderas de odio, miedo y racismo. Trump está recuperando el terreno electoral perdido en la víspera de elecciones legislativas cruciales. Y, para complementar, el terrorismo es otra arma que alimenta el miedo de la sociedad. Qué decir de la masacre en una sinagoga.

Trump promete que se hará justicia. Mientras tanto, los estadunidenses se encuentran envueltos en un stress generalizado. Por ello, este es el momento para “unirnos” contra el mal, afirma el presidente del norte. Puede aventurarse, con base en lo anterior, que la probabilidad de los republicanos de ganar las elecciones de noviembre se ha elevado.

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