Por: Cipriano Flores Cruz

Todo político sueña con un destino del mundo, es un ser comprometido con ello, podríamos decir que es un utópico de alguna manera. Piensa, desde luego, por el destino de su país, de su Estado, de su comunidad, de su persona.

La creencia en el destino obliga al político a tener la fuerza creativa y la formación necesaria para construir, ladrillo por ladrillo este destino. Político que no piensa en el destino, necesariamente se niega como político.

Esta creencia en el destino lo tiene que buscar y corresponderse con el universo, sin el apoyo de las fuerzas del cosmos es inútil que el político realice sus sueños.

La buenaventura acompaña casi siempre a la creatividad, a la formación en la política, se dice con razón, que las buenas cosas le llegan al que lo desea y lo busca con vehemencia. El político es el resultado de sus esfuerzos y de las fuerzas del universo. De aquí que el político tiene que ser, un ser extraordinario para que se le cumplan sus sueños.

El político tiene que entender que su vida es en esencia la realización de su enorme voluntad dentro del espíritu y limitaciones de la época en que vive. Romper con estas limitaciones y el espíritu de su tiempo es una tarea titánica que sólo el político íntegro, formado, creativo, inteligente, voluntarioso, hábil y generoso puede lograr.

Además, se arriesga a ser desconocido por los valores y principios de su tiempo, de su sociedad. ¿Se pueden imaginar el valor de aquél político que reclamó que la soberanía reside en el pueblo y no en el Rey? ¿O aquél que reclamó, también, que el monarca se debe someter a la ley y no a su libre voluntad? ¿Se pueden imaginar que un político reclame hoy la necesidad de reconocer el derecho de lo común, además del derecho público y privado?

Este político soñador en el destino lo necesitamos hoy en día, hoy más que nunca, porque el mundo, nuestro mundo, se está desmoronando, necesitamos de la otra alternativa, de la creatividad. Necesitamos del político de fuera de lo común, no un político pazguato.

El acertijo de la época se convierte en una serie de posibles soluciones para cada uno de los políticos. El político que solo busca embonar con el estado de cosas actual, de verdad, no nos sirve.

Licurgo, el gran gobernante espartano, su creatividad le otorgó a Esparta 500 años de estabilidad y paz.  Genghis Khan  el gran gobernante mongol, hizo de su tribu un gran imperio. La férrea voluntad del gran Juárez hizo posible la preservación de la soberanía mexicana. Así, podemos ir nombrando a extraordinarios políticos de la historia.

De verdad, existen dos clases de políticos fundamentalmente: los que empujan y los que son empujados. Desde luego, los primeros son de la simpatía de la gente, los segundos, regularmente, causan pena y vergüenza.

Al débil, al no formado, al no creativo, lo empujan mucho las circunstancias, mientras que al fuerte, al preparado, el formado, observa que los objetos y realidades que parecen inamovibles, incambiables, los puede mover, los puede cambiar. Se da cuenta que puede estampar su pensamiento y acciones en el mundo que lo rodea, en esencia, siempre se atreve.

Desde luego, el político no puede ser “un aventado” pues es mejor que falle una decisión sensata que acertar con una decisión apresurada y sujeta “a la buena de Dios”.

Cierto, se vive en un mundo en que se privilegia a la razón, por este contexto de nuestro tiempo vale suponer que el político se debe de alejar de sus miedos, que regularmente caen en el campo de la irracionalidad, además, debe estar lejos las supersticiones.

Sólo así podrá demostrar y demostrarse que es mucho más probable que logre su destino si emplea la razón y el momento exacto que lo disponen las fuerzas del universo.