Fernando Dworak

Nada volverá a ser igual después de julio de 2018. Se abren dos opciones para la acción. Primera, oponerse al gobierno y asumir que sólo se fortalecerá quien goza de mayor credibilidad. La segunda, tejer una nueva narrativa que aspire a ser tan atractiva como el discurso oficial, de tal manera que gane la imaginación de la ciudadanía.

Vimos una muestra del agotamiento de los viejos discursos pasado 25 septiembre, durante la entrevista que hizo Julio Astillero a Darío Ramírez, director general de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, por Radio Centro.

Mencionemos antes los insultos que profirió el presidente López Obrador a la organización que dirige Ramírez, llamándolos “Mexicanos por la Corrupción” y otros calificativos. Aquí el primer obstáculo: el ejecutivo goza de enorme credibilidad, una masa que celebra sus chistes y la existencia de villanos favoritos del régimen, como Claudio X. González, quien es el presidente de la organización. Aunque lo anterior debió haber obligado a Ramírez a tener una estrategia previa de respuestas ante un locutor afín al régimen, optó por presentarse como el activista y promotor de causas justas de siempre.

La entrevista inició con el planteamiento a quemarropa de Julio Astillero: los empresarios utilizan a organizaciones como Mexicanos Unidos para hacer sus ataques espurios al gobierno. Una respuesta emotiva hablaría de defender derechos de los mexicanos a través del amparo. Una respuesta lógica exigiría que se juzguen los materiales de Mexicanos y otros por el peso de su evidencia y argumentación, emítanlas quienes las emitan.

En su lugar, Ramírez dio una exposición bastante aburrida sobre el periodismo filantrópico, su aparición en Estados Unidos y su legitimidad en este contexto. Subrayó que este ejercicio quitaba de la ecuación el elemento comercial del periodismo y que por ello su interés no era comercial. Señaló también que el dinero que les daban empresas, agentes privados o fundaciones internacionales no tiene injerencia en su línea de trabajo.

El problema con esta argumentación: la opinión pública está acostumbrada a hablar de la excepcionalidad mexicana y por qué debemos buscar cosas propias a nuestra idiosincrasia. Además, no se habla de un elemento básico para gozar de legitimidad: ¿quiénes son las personas que financian?

Ante la respuesta de Ramírez, Astillero inició su ataque: los ejercicios periodísticos como el de esta organización tienen el estigma del dinero de los patrocinadores, que tienen una agenda política definida. Una vez hecha la descalificación, mencionó que los trabajos podían ser buenos, aunque eran usados para el boicoteo y el sabotaje legal. Otra vez, uso de lenguaje emotivo para sacar de balance a su interlocutor.

A partir de ahí, otra falacia: usar la palabra “filantropía” y sus raíces etimológicas para confundir a Ramírez. Es decir, si los grandes capitales donaban dinero a la organización por “amor” y “bien” al país, ¿no son lo mismo que los partidos políticos? Se pudo haber hablado sobre la legitimidad de los grupos de interés en la vida pública y distinguirlos de los partidos, y una preparación previa habría dado con una línea comunicativa eficaz.

Sin embargo, Ramírez volvió al buenismo para defenderse diciendo que tenían un medio de calidad por amor a México, y Astillero sacó la carta fuerte: ¿por qué la organización no investiga al padre de Claudio X. González, quien recibió en el sexenio de Peña Nieto millones de pesos a través de contratos por adjudicación directa? ¿No consideraban los miembros de Mexicanos Unidos una obligación de ética periodística para investigarlo?

Otro tema que podía preverse y sobre el cual debieron tener una respuesta previa, especialmente tras las bromas del ejecutivo el día anterior. Por ejemplo, decir que los ataques al empresario no demeritaban la evidencia de las investigaciones o las graves adjudicaciones directas en este sexenio, y que sugerir algo así era abiertamente falaz. O mentir un poco y decir que Mexicanos Unidos estaban terminando una investigación sobre la fortuna del empresario y que en breve la publicarían, tan solo para comprobar que no había nada qué ocultar.

Aquí Ramírez comenzó a patinar, inventando montos de financiamiento y donaciones. A lo que Astillero le hizo una pregunta directa: ¿entraste a hacer periodismo sin saber cuánto dinero había? ¿Son periodismo patrocinado? Sin una estrategia calara, medios creíbles de transparencia en el financiamiento, una argumentación contundente sobre la legitimidad de grupos de interés y una defensa a la evidencia y la argumentación, el resto del programa se fue en una discusión ociosa sobre el financiamiento público a medios.

Aunque la transmisión acabó en algún acuerdo entre Ramírez y Astillero sobre la solidez de los estudios para los amparos contra Santa Lucía, el daño ya estaba hecho: quienes le creen todo al gobierno se desvivieron en burlas y los opositores se quedaron tan sólo con una pírrica postura moral, una vez que el activista fue destrozado a punta de falacias. Y si no hay una reflexión clara de qué se está representando frente al poder, seguirán navegando en el descrédito.

@FernandoDworak