No sólo por los estilos del presidente Donald Trump ni tampoco por la pandemia, el hecho es que los márgenes de las estrategias de seguridad nacional de los países han estado modificándose en función del realineamiento a la debilidad del gigante estadunidense y de las alianzas nacionales en grupos comerciales y económicos.

El gobierno de Trump ha obligado a México a repensar sus doctrinas de seguridad nacional, antes basadas en el entendimiento, la cooperación y el diálogo. Los ataques de Trump a migrantes, a la seguridad fronteriza y a la penetración en los EE UU de los cárteles mexicanos prendió los focos de alarma en las oficinas de inteligencia y seguridad nacional estadunidenses.

Sin embargo, lo que se aprecia en el corto plazo es que las doctrinas de seguridad de los EE UU se han quedado estancadas en el pasado. Antes fue fácil fijar una frontera ideológica ante la competencia con el modelo comunista de la Unión Soviética y sus satélites y hoy el tema del terrorismo no alcanza a analizarse en esos parámetros ideológicos: el terrorismo hasta ahora es religioso, no ideológico.

El problema no entendido en los EE UU radica en el hecho de que México no tiene problemas religiosos con el islamismo en sus diferentes versiones, incluyendo al terrorista radical. La política mexicana se basa en el desarrollo, no en la guerra de dominación de ortos o en la lucha por los recursos naturales de otras naciones. Más aun, el petróleo parece que dejó de ser obsesión estadunidense en la medida en que las reservas mexicanas han bajado.

El principal problema bilateral con Trump ha sido la migración mexicana o la centroamericana que pasa por México. La estrategia del presidente López Obrador de ayudar al desarrollo centroamericano para disminuir flujo de personas en busca de empleo en los EE UU no alcanzó un acuerdo multinacional por la inestabilidad de los gobiernos del área al sur del río Suchiate. Hubo fondos mexicanos entregados a países centroamericanos para promover el desarrollo, pero no pudieron supervisarse y se perdieron en las burocracias locales.

En el pasado los gobiernos de los EE UU buscaban acuerdos con México para programas regionales de bienestar, pero la pobreza subió al grado de generar guerrilla ideológica y revoluciones socialistas que nada gustaron a los estadunidenses. Trump se concretó a presionar a México para que fuera un muro de contención de la migración centro y sudamericana.

El candidato demócrata Biden no tiene una propuesta de fondo para el problema, como no la tuvieron los demócratas Bill Clinton ni Barack Obama. Por primera vez se observa a un gobierno estadunidense sin ideas continentales, sin recursos de apoyo y sin enfoques sociales de su seguridad nacional. Pero mientras más se profundice la pobreza en la región –y no hay datos que digan que vaya a disminuir–, la migración será un problema de flujo masivo que quiere internarse en los EE UU de forma legal o ilegal.

El problema se agrava porque el gobierno mexicano tampoco ha fijado un enfoque estratégico de seguridad sobre ese problema migratorio: o los dejaba pasar o los contenía. Pero esta visión de seguridad policiaca no ayudará a buscar una solución de fondo y de largo plazo. Si Trump gana, la política de la represión migratoria se va a profundizar; si gana Biden se dejará crecer de nuevo una ola migratoria que se atacará sólo con deportaciones.

Es la hora de una cumbre regional de desarrollo para estrategias integrales de desarrollo contra la migración por pobreza o por violencia.