En una entrega anterior revisamos cómo se pueden leer los órganos y procedimientos de un órgano legislativo como la abstracción de una guerra, según lo descrito por Elías Canneti. De hecho, se afirmó que cada elemento organizativo, procedimiento o incluso la forma en que se acomodan los asientos van encaminados a facilitar o inhibir determinadas tácticas por encima de otras o, en el peor de los casos, condiciones mínimas de gobernabilidad interna. Lo anterior, sin contar los símbolos y protocolos que existen tanto en el recinto como en los procesos, orientados a reflejar la dignidad del poder.

¿Podemos extender la metáfora de Canneti a los órganos internos de una asamblea? La respuesta es sí.

Empecemos con lo básico: un legislador y sus motivaciones. Mucha gente cree que la “profesionalización” de un diputado o senador consiste en acumular horas de sesiones plenarias. Por ello, se piensa que un buen representante debería tener atribuciones que, de sumarse, tendríamos a una persona casi con superpoderes, como ejemplos: oratoria, capacidades de negociación, conocimiento técnico. Incluso se piensa que sólo deberían acceder a un asiento las mejores personas para el puesto.

Sin embargo, todo el planteamiento está basado sobre supuestos falsos. En primer lugar, ningún sistema electoral puede garantizar que ingresen las mejores personas, aún y cuando sepamos qué significa eso: buscarán un cargo de representación personas que tienen ambición por lo público. Sabiendo esto, también es cierto que la competencia repetida por el mismo puesto puede hacer que sobrevivan los más aptos para la función, considerando reglas que fomenten la competencia.

Sobre la llamada “profesionalización”, cada legislador buscará especializarse en las diversas actividades de un órgano legislativo tomando en cuenta tres elementos. El primero: sus ambiciones. ¿Desea quedarse el mayor tiempo posible en su asiento, o buscará reelegirse una vez para, digamos, aspirar a una presidencia municipal o la gubernatura de su estado? ¿O querrá pasar al Senado después de 6 años, o viceversa? Cada cálculo orientará sus decisiones y tácticas.

Segundo elemento: ¿para qué es buena la persona? Si nadie tiene todas las habilidades que muchos les atribuyen, habrá técnicos que harán su carrera en una comisión determinada. Otros se destacarán como oradores o negociadores. Unos más se verán motivados por el trabajo en el distrito. De esa forma, podrán elegir especializarse en áreas como la Mesa Directiva, la coordinación de un grupo parlamentario o una comisión, entre otras.

Finalmente, los legisladores responderán a quienes tienen la capacidad de determinar si continúan o no con sus carreras. Aquí hablamos de una combinación entre partidos políticos y ciudadanos, cuyo equilibrio varía según el sistema electoral y de partidos. Por ejemplo, la mayoría relativa hace que, por lo general, pesen más los individuos frente a los partidos, pudiendo movilizar el apoyo directo de los votantes. Al contrario, la representación proporcional le da mayor peso al partido tanto en la designación de candidatos que ingresarán al órgano legislativo.

Como sucede en la guerra, no puede haber organización en una asamblea sin estructuras, reglas y mandos, toda vez que sería imposible impulsar una agenda sin bancadas que den algo de predecibilidad a las votaciones. Incluso si cada legislador tiene atributos distintos, se espera que haya grupos parlamentarios donde haya coordinación y trabajo en equipo para alcanzar los objetivos que se propone cada partido.

Por lo tanto, los grupos parlamentarios son el equivalente a un ejército. Es relevante la moral interna para evitar deserciones y mantener la cohesión, por lo que un coordinador apto es igual a un buen general. Actualmente son impuestos por los partidos, pero se espera que, conforme permanezcan legisladores a partir de la vigencia de la reelección, los liderazgos surjan del propio grupo parlamentario.

Al interior de cada bancada se decide qué legisladores desempeñarán cuáles funciones, desde integrar la Mesa Directiva, las comisiones, quiénes suben a la tribuna, los mandos internos y los roles que se desempeñarán durante las sesiones. Se espera que cada quién tenga una función determinada, premiándose la lealtad y castigándose la indisciplina.

De manera similar, los órganos de gobierno son la analogía de los estados mayores: ahí se reparten las posiciones que tendrá cada grupo parlamentario en las comisiones legislativas, así como las negociaciones sobre qué iniciativas serán presentadas al pleno y en qué momentos. Cuando no hay mayoría de alguna bancada, suele operar el intercambio de agendas, donde algunos partidos irán en coalición para aprobar propuestas que les son del mutuo interés.

Finalmente, una guerra requiere de alguna instancia que arbitre o defina reglas. En el caso de un órgano legislativo, hablamos de la Mesa Directiva. Si las pasiones se desbordan durante las sesiones, su función es garantizar que impere la civilidad mínima para que se pueda desahogar la agenda, permitiendo el uso de la palabra según las reglas de discusión, y castigando la falta de decoro. Se espera que, entre más profesional sea, mayor apoyo tendrá del pleno.