El centro y los pavorreales

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Si queremos salir de este trance, es indispensable no caer en debates falsos o creer que un auditorio endógamo, limitado y autorreferenciado puede ser fuente de autoridad. Por ejemplo, creer que en estos momentos la opción es entre una democracia, entendida como la restauración de lo que se tenía antes de 2018, y la dictadura, encarnada en el actual gobierno. Eso hace que, en consecuencia, cualquier punto intermedio sea visto como “tibieza”.

Tan cerrada es la discusión, que se ha vuelto comidilla de pavorreales acusarse mutuamente en sus editoriales sobre lo malo que es tener una posición intermedia o estar en un extremo, mientras uno dice “¡pum!” al atacar y otro dice “¡ay!” y vuelven a sus cavilaciones. Pero todo esto es un ejercicio banal, que nada aporta.

Por ejemplo, aunque reconozco que lo alcanzado entre 1988 y 2018 era superior a lo que se tenía en los años setenta, difícilmente lo defendería como si fuese la democracia ejemplar que algunos quieren hacernos ver. De hecho, este modelo fue desacreditado rápidamente por “neoliberal” y colapsó hace dos años no solo por sus defectos, sino porque la clase política gobernante fue incapaz de reconocer y atender reclamos válidos que fueron explotados por López Obrador. Es decir, no formaría parte de un bando si se trata de regresar a un pasado tan romantizado como aquellos que añoran los sexenios de Echeverría y López Portillo.

Pero salgamos un poco más de un círculo cerrado del que, a final de cuentas, podemos formar parte. Muchos de los 30 millones de personas que votaron por López Obrador lo hicieron justo por desencanto al experimento democrático de los 30 años anteriores. Si el mensaje es restaurar lo que se tenía y presentar dos bandos irreductibles, ciertamente pensarán en darle otra oportunidad a Morena, como lo hicieron por décadas por el PRI o el PAN. Incluso podrían terminar de desencantarse y no volver a votar.

Otra parte de quienes votaron por Morena querían un sistema más igualitario del que se tenía. Aunque todavía no han logrado posicionar un mensaje que sea asimilable para un público amplio, tienen argumentos válidos. Tampoco el modelo que se adoptó lograr cumplir sus promesas de crecimiento para todo, y sus defensores harían mal en no atender esa crítica si de verdad desean reposicionar un liberalismo como el que se intentó implantar. Tampoco creo que muchos de ellos decidan votar por las viejas opciones en 2021.

Dejemos las discusiones en las élites políticas, económicas o intelectuales: ¿alguien se ha puesto a pensar qué piensa una persona que siempre ha sido pobre, explotada y dejada a un lado, para quien votar por López Obrador fue justamente un acto de venganza contra “los de arriba”? Para él o ella, siempre va a estar abajo, pero mientras tenga un dinerito y vea que los ricos también se “joden”, estará lo suficientemente contenta.

Si estamos ante una discusión banal, ¿qué hacer? Primero, darnos cuenta que muchos de nuestros referentes están ya rebasados: en su incapacidad para reconocer, sin regateo, su fracaso, pretenden que seamos parte de un diálogo de sordos. No diría que dejemos de leerlos, sino que comencemos a verlos críticamente a todos, de todas las corrientes. Busquemos a quienes argumenten mejor, en vez de aquellos que creen que sofisticación es llenar de citas o calificativos un texto.

Segundo, darnos cuenta que seguir creyendo que sólo hay dos alternativas sólo abona al gobierno mientras es popular, y cuando eso falle sólo abonamos al golpe de péndulo.

Lo principal: darnos cuenta que el “centro” no es tener una posición “tibia” o acomodaticia: es tender puentes de comunicación con los opuestos, en el entendido que nadie está totalmente bien o mal. También significa apostar por la calibración de lo que se tenía, reconociendo que la inercia lleva al colapso. Hablamos de abrir un espacio donde, desde nuestras diferencias, podamos repensar lo que se tiene. Véanlo así: entre más nos tardemos, menos habrá que reconstruir.

@FernandoDworak