Todos los procesos electorales intermedios para renovar la Cámara de Diputados han tenido su importancia particular: las de Salinas de Gortari en 1991 para recuperar posiciones perdidas en 1988, las de Zedillo para consolidar programa anticrisis, las de Fox en 2003 y las de Calderón en 2009 para intentar consolidar el poder presidencial y las de Peña Nieto en 2015 para cerrar su grupo político.

Las de 2021 tendrán sus características en el contexto de los costos políticos por las tres crisis ineludibles: la sanitaria con la pandemia, la económica por el confinamiento que paralizó la economía y la de grupo gobernante por la incorporación de cuatro nuevos partidos y siete asociaciones políticas que fragmentarán el voto y de modo natural afectarán al partido en el poder, Morena.

Poca atención se le está poniendo al expediente de los nuevos partidos políticos. A los ocho partidos existentes –uno desaparecido, el Partido Encuentro Social, aunque con bancada en ambas cámaras– se le sumarían cuatro más, para hacer un total de doce, una pluralidad nunca vista en el sistema de partidos y en el sistema político.

La diversidad partidista no es un signo de democracia, sino un indicio de personalización del poder y de fragmentación ideológica. Un análisis riguroso permitiría llegar a cuando menos cuatro configuraciones político-ideológicas reales: Morena, el PAN, el PRI y el PRD. Los cuatro nuevos partidos responden a figuras: la maestra Elba Esther Gordillo en Redes Sociales Progresistas y una parte de Encuentro Solidario –el PES reciclado con otro nombre– vía los resabios del desaparecido Partido Nueva Alianza, el expresidente Calderón con México Libre y el líder obrero Pedro Haces con Fuerza Social.

La democracia no se consigna en el respeto a las formaciones políticas en torno a personas, sino en la definición de propuestas ideológicas y de gobierno. Pero el sistema de partidos ha sido una forma de fragmentar el poder. Los realineamientos reales se verán en las coaliciones electorales en las elecciones del 2021 alrededor de tres fuerzas reales: Morena, PAN y PRI; el PRD se ha ido diluyendo hasta su mínima expresión y pudiera incorporarse a Movimiento Ciudadano.

La configuración política, ideológica y de gobierno se verá después de las elecciones: Morena en el poder y dos oposiciones reales, PAN y PRI. Y una basada en el pragmatismo: Movimiento Ciudadano con figuras conocidas de otros partidos.

El sistema mexicano de partidos ha carecido de un orden formal. Durante años el PRI se negó al registro de nuevos partidos, hasta la reforma política del presidente López Portillo en 1977-1978 que logró la legalización del Partido Comunista Mexicano como la única opción opositora de alternativa de gobierno porque ofertaba el modelo socialista, pero en 1989 el PCM se autodisolvió y le cedió su registro socialista al PRD de los priístas de la Corriente Democrática de Cuauhtémoc Cárdenas.

El país requiere de una gran reforma de las instituciones políticas para construir un verdadero sistema de partidos que refleje la pluralidad ideológica, pero impida la fragmentación basada en liderazgos personales o de grupos de interés. Ya no es posible apelar al bipartidismo estadunidense o inglés, pero sí a nuevas formas de registro para evitar el modelo de los partidos-rémora que viven pegados a los partidos grandes.

Los partidos deben ser el vehículo de organización política de los ciudadanos, no organizaciones de poder al servicio de líderes de coyuntura.