La noche del 14 de septiembre de 1968, un grupo de trabajadores de la BUAP decidieron acampar en el volcán La Malinche en Puebla, pero la lluvia y la cerrazón provocaron una cruel matanza, innecesaria como todas.

La masacre de estudiantes de la noche del 2 de octubre de 1968 tuvo un segundo antecedente sangriento, que casualmente, no tuvo que ver directamente con las protestas de los estudiantes universitarios contra un gobierno represor. Simplemente una coincidencia, provocó la muerte de un grupo de trabajadores universitarios en Puebla.

La noche del 14 de septiembre de 1968, cinco trabajadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP): Ramón Calvario, Jesús Carrillo, Miguel Flores, Julián González y Roberto Rojano, decidieron ir de excursión al volcán La Malinche, pero debido a la fuerte lluvia que cayó ese día, los exploradores decidieron refugiarse en el pueblo de San Miguel Canoa, enclavado en la Sierra de Puebla, en la casa de un lugareño llamado Lucas García García, quien vivía con su esposa Tomasa y tres hijos pequeños.

Lo que estos aventureros no sabían es que Lucas no tenía una buena relación con el sacerdote Enrique Meza Pérez, figura de autoridad del pueblo, pues era de los pocos habitantes que no acataba sus órdenes, ni daba limosna o hacía servicios en beneficio de la iglesia, como la mayoría de los vecinos hacían con fervor religioso.

Según testimonios, la razón de la idolatría por el párroco se debía a que había logrado la construcción de una carretera y la instalación de servicios precarios de agua y luz para la comunidad. Además, era el único en todo el pueblo que tenía acceso a una televisión y a periódicos, por lo que conocía a distancia y de manera imprecisa, sobre las protestas estudiantiles que ocurrían desde finales del mes de julio en le Ciudad de México.

El sacerdote creyó que los trabajadores, por pertenecer a la BUAP, eran comunistas, seguidores del diablo y que en cualquier momento violentarían a los habitantes, les robarían sus pertenencias, atacarían a sus familias y los alejarían de la fe religiosa.

El enterarse de que una de sus “ovejas descarriadas” había dado asilo a los extraños el cura Meza congregó a la mayoría de los habitantes para incitarlos y organizar un linchamiento.

Mientras Lucas y su familia cenaban con los trabajadores, los pobladores asaltaron la casa, usando pistolas y machetes. En el lugar murieron Lucas y su amigo Odilón, así como a dos de los inquilinos: Jesús Carrillo y Ramón Calvario, hasta que llegó la policía y algunos elementos del ejército, que pudieron rescatar a los otros tres trabajadores.

El acontecimiento de lo sucedido en 1968 en San Miguel Canoa, Puebla, cobró relevancia ocho años después, en 1976, con la película “Canoa” del reconocido director mexicano Felipe Cazals, que narra los hechos y cuyo reparto estuvieron incluidos Enrique Lucero, como el padre Enrique Meza; Ernesto Gómez Cruz como Lucas y de Roberto Sosa, Jaime Garza, Arturo Alegro, Carlos Chávez y Gerardo Vigil, como los trabajadores agredidos.

Definido como un antecedente directo de lo que sólo unos pocos días después ocurriera en Tlatelolco, el suceso que coloquialmente se le conoce como Canoa, guarda en la memoria del pueblo el trágico acontecimiento, con una placa colocada fuera de la iglesia del pueblo donde se le agradece a Enrique Meza Pérez el progreso del lugar.

Mientras que de los trabajadores de la BUAP que lograron salvarse, solo sobrevive Julián González, quien como recuerdo del evento, tiene su mano izquierda sin los cuatro dedos que le amputaron en el linchamiento.

Este es un fragmento de la cinta de Cazals: