Miguel Ángel Sánchez de Armas

A propósito del yihadismo antimexicano que Donald Trump lidera con el ardor de un predicador evangélico, no está por demás recordar el sabio consejo de George Santayana: quien olvida el pasado está condenado a repetir sus errores. Aquí una viñeta de cómo se las gastan estos hijos del Tío Sam y de los dos James, Monroe y Polk.

En abril de 1914, el presidente Woodrow Wilson, sin previa declaración de guerra, ordenó a su armada  tomar el puerto de Veracruz. Fue una invasión disfrazada de “ayuda a la democracia mexicana”, para evitar que Victoriano Huerta recibiera un cargamento de armas y municiones alemanas. Muchos mexicanos murieron en defensa de su país. Los adolescentes de la Escuela Naval, equipados con armas vetustas, fueron acribillados por un ejército experimentado y bien pertrechado.

El verdadero motivo de la invasión fueron los veneros que el diablo nos escrituró. Fue un ensayo de las operaciones que los gringos llevarían a cabo en campos petroleros de todo el mundo a lo largo del siglo. Además del pretexto del cargamento de armas para el dictador Huerta, los gringos utilizaron un curioso incidente que tuvo lugar en Tampico el 9 de abril, unos días antes del desembarco, para “justificar” el desembarco.

La armada yanqui patrullaba las costas del Golfo para “proteger” a sus trabajadores de las petroleras y cuidar el oro negro que las empresas chupeteaban de los mantos mexicanos.

El 5 de abril, fuerzas revolucionarias atacaron a la guarnición federal estacionada en Tampico y la flota gringa arribó para labores de evacuación. El día 9, un esquife del USS Dolphin se internó en una zona restringida del puerto -en procura de provisiones, según la versión oficial- y sus tripulantes fueron detenidos e interrogados durante media hora. Se les liberó con la advertencia de no volver a internarse en el perímetro.

Ese insignificante incidente fue inflado a proporciones internacionales. El almirante Henry T. Mayo exigió que se castigara al oficial mexicano que había detenido a sus marineros y que el gobierno de México “desagraviara” a la bandera gringa. En Washington, en una sesión conjunta del Congreso convocada el 20 de abril para responder a “la ofensa”, se pidió una declaración de guerra contra nuestro país, que finalmente quedó en el envío de una fuerza expedicionaria. La flota del Atlántico fue dirigida a Veracruz. El ataque comenzó el 21 y en menos de 24 horas tres mil marines habían ocupado la ciudad. El saldo fue de 19 invasores muertos y 71 heridos; en el bando mexicano hubo 126 bajas y 195 heridos.

¿Todo por la detención, durante media hora, de una decena de marineros que habían violado un sector restringido? ¿Perdieron la razón los padres de la patria jeffersoniana? ¿Enloqueció el doctor en ciencias políticas, ex profesor y ex rector de la Universidad de Princeton, Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos? No, desde luego. Aquello fue una fabricación más del destino manifiesto. La razón verdadera hay que buscarla en una paráfrasis del apotegma de Dumas (padre): “Cherchez le pétrole!”

Aunque el encono también tuvo que ver con una patología en la sociedad vecina, una supuración de odio e intolerancia hacia “los otros” que Trump y compañía han sabido ahora reavivar. Aquel martes 20 de abril de 1914, al mismo tiempo que en el Capitolio en Washington diputados y senadores vociferaban contra México, en el pequeño poblado de Ludlow, Colorado, la policía local y guardias de la “Colorado Fuel and Iron Company” –hermanastra de las petroleras- tomaban a sangre y fuego un campamento de mineros sindicalistas y sus familias, que en esos momentos celebraban la Pascua Griega. Veinte muertos fue el saldo de la triste “masacre de Ludlow”, entre ellos una docena de mujeres y niños, baleados e incinerados por los valerosos gendarmes que rociaron querosén e incendiaron las zanjas en las que aquéllos buscaron refugio. Se utilizó un novedoso vehículo blindado, el “Especial de la Muerte”, que estuvo rociando metralla bajo la dirección del teniente Karl E. Lindenfelter. Ni uno de los agresores fue llevado ante la justicia, pero decenas de mineros fueron arrestados y puestos en las listas negras de la empresa.

Si tal fue la consigna para solucionar los problemas con sus propios ciudadanos, si en la mente de aquellos políticos, como los que hoy gobiernan, estaba grabada la verdad eterna de que los intereses de la industria están por encima de los derechos y de las vidas… ¿queda duda de hasta dónde habrían llegado en México?

Otro dato para comprender el estado de ánimo de aquella sociedad (cuaquier semejanza con la actual es real) es la confesión del soldado gringo más condecorado de todos los tiempos, Smedley D. Butler, general brigadier de la infantería de marina, veterano de la toma de Veracruz, en su libro War is a Racket (La guerra es un crimen): “Pasé 33 años y cuatro meses en servicio militar activo y durante ese periodo la mayor parte del tiempo fui un golpeador de lujo al servicio de los grandes negocios, de Wall Street y de los banqueros. En pocas palabras, fui un mafioso, un gángster del capitalismo. Ayudé a que México, y en especial Tampico, fueran lugares seguros para los intereses petroleros estadounidenses en 1914 […]. El problema con Estados Unidos es que cuando el dólar tiene ganancias locales de sólo el 6 por ciento, se torna inquieto y viaja a donde pueda ganar el 100 por ciento. Entonces la bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera”.

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