El índice global de capacidad de fuego 2017 asigna a México el lugar 34 en 133 países en diversos factores que tienen que ver con la política de defensa nacional.

Esta clasificación no solo depende de la cantidad de armas que posea cada país, sino que hace una valoración sobre la diversidad de armamento, sumados con factores políticos, económicos, sociales, geográficos y logísticos, para llegar a formar el listado final.

La política armamentista mexicana tiene como finalidad que las instituciones del sector defensa nacional y marina de guerra, actualicen la capacidad de fuego del Estado mexicano con el objeto de ejercer una persuasión en el contexto internacional.

Esto es el propósito de la compra de 29 misiles en diversas capacidades, para estar en condiciones de persuadir y defender instalaciones estratégicas en el mar, como pozos petroleros, de cuya extracción depende gran parte de la economía mexicana. La última adquisición de este tipo de armamento fue en 2002, poco después del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y al Pentágono y, por tanto, el equipo adquirido tenia 15 años de antigüedad, que en términos de capacidad de fuego había disminuido su poderío.

La industria militar mexicana se dedica a fabricar, entre otros artículos, uniformes y materiales diversos para consumo de las Fuerzas Armadas Mexicana, también armas de bajo calibre y balas, para cubrir las necesidades y estar en condiciones de cumplir con la función de Estado de la política de defensa nacional a que se refiere la Constitución, y con ello, ejercer el monopolio de la violencia, a que se refiere Max Weber.

Esta es la correcta lectura que debe dársele a la adquisición de material de guerra por 98.4 millones de dólares, que hace un par de semanas autorizó la agencia de Cooperación de Seguridad de Defensa norteamericana.

Quedan muy lejos los juicios de valor que señalan que el armamentismo mexicano tiene un fin electoral, o para una invasión, o bien, cualquier otra explicación fuera de razón. En la lógica de quienes piensan distinto, con 29 misiles de capacidad convencional, y no nuclear, difícilmente puede invadirse Texas, Cuba o Guatemala. Es una realidad.

Hasta antes de la incorporación de la tecnologización de los métodos y sistemas en los armamentos, eran muy espaciados los periodos en que las naciones con medio o bajo perfil armamentista adquirían o actualizaban su capacidad de fuego. Por esta razón es que los sistemas de navegación, propulsión y fuselaje de naves y aeronaves de las Fuerzas Armadas Mexicanas fueron sujetas de mantenimiento por ingenieros navales y militares mexicanos, y con ello, ampliaron su periodo de vida, hasta que llegó el momento en que la obsolescencia obligó a actualizar en la medida de lo posible, la capacidad de fuego mexicana.

Para finalizar, de la sincronía que genera la Constitución es que se deduce, que la política armamentista obedece a la política de defensa nacional, y ésta tiene una simultaneidad con el Plan Nacional de Desarrollo, de cuyos objetivos se desprende que el fin de las Fuerzas Armadas, como detentores de la política armamentista, no tienen otro objeto que no sea la protección de la ciudadanía a través del Plan Marina y del Plan DN-III de la Armada y el Ejército, respectivamente, así como las instalaciones estratégicas en las que por extensión se sustentan gran parte de las actividades de los tres sectores de la economía.

El autor es Maestro en Seguridad Nacional por la Armada de México

Correo electrónico: racevesj@gmail.com

Twitter: @racevesj